domingo, 20 de abril de 2014

A ti que me diste la vida


Mientras ella leía el escrito que había hecho hacía pocos días, comencé a ver que sus ojos se ponían tristes, su cara se quedaba desencajada y poco a poco vi rodar por sus mejillas las lágrimas.





Cuando terminó observe fijamente que sus ojos se inundaban en lágrimas, yo permanecí en silencio observándola, esperando su siguiente reacción.

Cogió airé y me preguntó

¿Dónde quieres irte?, ¿Quieres irte con esa bola de luz?

No hubo contestación solo la miré y la abrace.

Después de un abrazo en el que pude sentir su pesadez, nos sentamos y estuvimos charlando un rato.

Mamá, esto es lo que siempre hubo dentro y nunca pudo salir, por miles de motivos.

Tantas limitaciones, apagó todo el sentir y no he sido yo durante mucho tiempo.

No te culpes de nada, nadie es culpable.

Estoy segura que el próximo te gustará más, porque me estás empezando a conocer, y al fin y al cabo las dos buscamos lo mismo.

Tenemos mucho de qué hablar.

Sé que siempre has buscando mi felicidad, a costa de lo que sea.


Quisiste hacer fuertes tus debilidades en mí, pero se te olvidó enseñarme que llorar es bueno.

Nacimos juntas y hemos aprendido tantas cosas, y seguiremos haciéndolo.


Te quiero.

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