Mientras ella leía
el escrito que había hecho hacía pocos días, comencé a ver que sus ojos se
ponían tristes, su cara se quedaba desencajada y poco a poco vi rodar por sus
mejillas las lágrimas.
Cuando terminó
observe fijamente que sus ojos se inundaban en lágrimas, yo permanecí en
silencio observándola, esperando su siguiente reacción.
Cogió airé y me
preguntó
¿Dónde quieres
irte?, ¿Quieres irte con esa bola de luz?
No hubo
contestación solo la miré y la abrace.
Después de un
abrazo en el que pude sentir su pesadez, nos sentamos y estuvimos charlando un
rato.
Mamá, esto es lo
que siempre hubo dentro y nunca pudo salir, por miles de motivos.
Tantas limitaciones,
apagó todo el sentir y no he sido yo durante mucho tiempo.
No te culpes de
nada, nadie es culpable.
Estoy segura que
el próximo te gustará más, porque me estás empezando a conocer, y al fin y al
cabo las dos buscamos lo mismo.
Tenemos mucho de qué
hablar.
Sé que siempre has
buscando mi felicidad, a costa de lo que sea.
Quisiste
hacer fuertes tus debilidades en mí, pero se te olvidó enseñarme que llorar es
bueno.
Nacimos
juntas y hemos aprendido tantas cosas, y seguiremos haciéndolo.
Te quiero.
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